La inclusión escolar o educativa, es más que una legislación
o una práctica. Se trata en realidad de una filosofía sobre lo que significa la
aceptación de la diversidad, en este caso en el ámbito educativo.
En términos de legislación y consensos internacionales, los
documentos más importantes sobre inclusión son bastante recientes.
La Conferencia Mundial sobre Necesidades Educativas
Especiales en 1994, fue una de las más importantes para empezar a plasmar esta
manera de ver la educación (inclusiva) como una necesidad real. En su informe
final mencionan lo siguiente “Más de 300 participantes, en representación de 92
gobiernos y 25 organizaciones internacionales, se reunieron en Salamanca,
España, del 7 al 10 de junio de 1994, con el fin de promover el objetivo de la
Educación para Todos, examinando los cambios fundamentales de la política
necesarios para promover un enfoque de la educación inclusiva, concretamente
capacitando a las escuelas para atender a todos los niños, sobre todo a los que
tienen necesidades educativas especiales”. (UNESCO, 1994, p. iii)
Esto requería un cambio de mirada, una forma diferente de entender
y atender la diversidad. En lugar de seguir segregando a las personas con
necesidades especiales, considerarlas como “un problema” y continuar
incrementando las dificultades educativas para ellas, se debía empezar a mirar
la diferencia, la diversidad como algo positivo, como una oportunidad.
“Cada niño tiene características, intereses, capacidades y
necesidades que le son propias; si el derecho a la educación significa algo, se
deben diseñar los sistemas educativos y desarrollar los programas de modo que
tengan en cuenta toda la gama de esas diferentes características y necesidades”. (UNESCO, 1994, p. viii)
Entonces, respecto al desarrollo de escuelas inclusivas, en
la Conferencia se mencionó lo siguiente: “Las escuelas comunes con una
orientación inclusiva representan el medio más eficaz para combatir las
actitudes discriminatorias, crear comunidades de acogida, construir una
sociedad más inclusiva y lograr una educación para todos; además, proporcionan
una educación efectiva a la mayoría de los niños y mejoran la eficiencia y, en
definitiva, la relación costo-beneficio de todo el sistema educativo”. (UNESCO,
1994, Declaración, p. ix)
Y por supuesto, esto suena genial pero no es para nada
sencillo, ya que representa un cambio de paradigma, una forma de pensar distinta
que para los docentes debería por lo menos ser ya inculcada desde los primeros
años de la carrera universitaria; para los padres desde que decidieron serlo;
para los profesionales de la salud, desde el momento en que tratan con seres
humanos y no con números de historias clínicas.
¿Cómo poder flexibilizarnos luego de años de rigidez. Cómo
ser creativos cuando nos enseñaron tan estructuradamente. Cómo tolerar al niño
que grita, que no hace contacto visual, que se mueve mucho, que no aprende al
ritmo de los demás, que no habla bien? Si antes eran excluidos y debían
estudiar en instituciones especiales, lamentablemente, excluyentes y muchas
veces innecesarias.
¿Cómo aprender a tolerar al compañero que “es raro”, que se
demora en acabar las tareas, que no lee
adecuadamente? Si lo habitual era esconderlos, separarlos y muchas veces negarles la posibilidad de educarse en un ambiente con otros niños? Niños considerados “normotípicos
o regulares”, más sanos quizás en algunos aspectos, pero definitivamente
desconectados de la posibilidad de cultivar la tolerancia, la humildad, la
aceptación, el deseo genuino de ayudar al otro, por la imposibilidad de
convivir con la diversidad.
Es un reto y lo seguirá siendo, y será más fácil de asumirlo
si vamos desde ya cambiando esa percepción, esos lentes que no nos han
permitido ayudar realmente a que todos tengan acceso a una educación digna, de
considerar a cada persona como pieza clave, imprescindible para una experiencia social más completa y real.