miércoles, 27 de junio de 2018

¿Qué entendemos por inclusión escolar?


La inclusión escolar o educativa, es más que una legislación o una práctica. Se trata en realidad de una filosofía sobre lo que significa la aceptación de la diversidad, en este caso en el ámbito educativo.

En términos de legislación y consensos internacionales, los documentos más importantes sobre inclusión son bastante recientes.

La Conferencia Mundial sobre Necesidades Educativas Especiales en 1994, fue una de las más importantes para empezar a plasmar esta manera de ver la educación (inclusiva) como una necesidad real. En su informe final mencionan lo siguiente “Más de 300 participantes, en representación de 92 gobiernos y 25 organizaciones internacionales, se reunieron en Salamanca, España, del 7 al 10 de junio de 1994, con el fin de promover el objetivo de la Educación para Todos, examinando los cambios fundamentales de la política necesarios para promover un enfoque de la educación inclusiva, concretamente capacitando a las escuelas para atender a todos los niños, sobre todo a los que tienen necesidades educativas especiales”. (UNESCO, 1994, p. iii)

Esto requería un cambio de mirada, una forma diferente de entender y atender la diversidad. En lugar de seguir segregando a las personas con necesidades especiales, considerarlas como “un problema” y continuar incrementando las dificultades educativas para ellas, se debía empezar a mirar la diferencia, la diversidad como algo positivo, como una oportunidad.

“Cada niño tiene características, intereses, capacidades y necesidades que le son propias; si el derecho a la educación significa algo, se deben diseñar los sistemas educativos y desarrollar los programas de modo que tengan en cuenta toda la gama de esas diferentes características y necesidades”. (UNESCO, 1994, p. viii)

Entonces, respecto al desarrollo de escuelas inclusivas, en la Conferencia se mencionó lo siguiente: “Las escuelas comunes con una orientación inclusiva representan el medio más eficaz para combatir las actitudes discriminatorias, crear comunidades de acogida, construir una sociedad más inclusiva y lograr una educación para todos; además, proporcionan una educación efectiva a la mayoría de los niños y mejoran la eficiencia y, en definitiva, la relación costo-beneficio de todo el sistema educativo”. (UNESCO, 1994, Declaración, p. ix)




Y por supuesto, esto suena genial pero no es para nada sencillo, ya que representa un cambio de paradigma, una forma de pensar distinta que para los docentes debería por lo menos ser ya inculcada desde los primeros años de la carrera universitaria; para los padres desde que decidieron serlo; para los profesionales de la salud, desde el momento en que tratan con seres humanos y no con números de historias clínicas. 

¿Cómo poder flexibilizarnos luego de años de rigidez. Cómo ser creativos cuando nos enseñaron tan estructuradamente. Cómo tolerar al niño que grita, que no hace contacto visual, que se mueve mucho, que no aprende al ritmo de los demás, que no habla bien? Si antes eran excluidos y debían estudiar en instituciones especiales, lamentablemente, excluyentes y muchas veces innecesarias. 

¿Cómo aprender a tolerar al compañero que “es raro”, que se demora en acabar las tareas, que  no lee adecuadamente? Si lo habitual era esconderlos, separarlos y muchas veces negarles la posibilidad de educarse en un ambiente con otros niños? Niños considerados “normotípicos o regulares”, más sanos quizás en algunos aspectos, pero definitivamente desconectados de la posibilidad de cultivar la tolerancia, la humildad, la aceptación, el deseo genuino de ayudar al otro, por la imposibilidad de convivir con la diversidad.  

Es un reto y lo seguirá siendo, y será más fácil de asumirlo si vamos desde ya cambiando esa percepción, esos lentes que no nos han permitido ayudar realmente a que todos tengan acceso a una educación digna, de considerar a cada persona como pieza clave, imprescindible para una experiencia social más completa y real.   

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